Del papel al algoritmo: la organización del poder y sus nuevos riesgos

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La Conferencia de Wannsee de 1942 mostró cómo el horror puede organizarse burocráticamente. Hoy, la tecnología y los algoritmos plantean desafíos similares para el derecho y la democracia.

La Conferencia de Wannsee, el 20 de enero de 1942, representa uno de los momentos más perturbadores del siglo XX, no porque allí comenzara el exterminio nazi (que ya estaba en marcha), sino porque el crimen adquirió una nueva dimensión: la racionalidad administrativa del horror. En esa villa de Berlín, funcionarios coordinaron procedimientos, competencias y recursos para ejecutar la llamada “Solución Final”; el exterminio dejó de ser una violencia dispersa y pasó a convertirse en un sistema organizado.

Allí aparece una lección que la historia repite: el mayor peligro no siempre es la violencia visible, sino la capacidad de organizar el daño desde estructuras eficientes. El mal no suele presentarse como caos; muchas veces adopta la forma del orden, funciona con precisión burocrática, lenguaje técnico y apariencia de legalidad.

Décadas después, el jurista alemán Klaus Roxin desarrolló una teoría clave para comprender ese fenómeno: la autoría mediata a través de aparatos organizados de poder. Su aporte rompió con la visión clásica del derecho penal, porque demostró que no hace falta ejecutar materialmente un delito para ser responsable; alcanza con tener el control de la estructura que transforma una decisión en un resultado previsible. Bajo esa mirada, Wannsee revela toda su dimensión. Quienes participaron no eran simples burócratas, eran autores mediatos; diseñaban un sistema donde la muerte era el resultado necesario. No disparaban, pero hacían que el aparato actuara por ellos.

La Argentina asumió décadas más tarde ese desafío conceptual y jurídico. En el histórico Juicio a las Juntas, la Cámara Federal juzgó a los comandantes de la última dictadura militar y consolidó un principio que recorrió el mundo: los responsables no eran solo los ejecutores directos, sino también quienes habían organizado un sistema de represión ilegal. Ese fallo dejó una doctrina clara: el poder no puede esconderse detrás de la estructura; quien diseña un sistema criminal responde por sus consecuencias.

Pero la historia no se repite, se transforma. Hoy el poder adopta formas menos visibles. La combinación de tecnología, datos y decisiones automatizadas está dando lugar a nuevos mecanismos de influencia. Palantir Technologies, vinculada a organismos estatales como la CIA, desarrolla herramientas capaces de procesar información masiva, anticipar conductas y asistir decisiones estratégicas. Su cofundador Peter Thiel ha defendido la idea de los “monopolios innovadores” y planteado dudas sobre la compatibilidad plena entre libertad y democracia. No se trata de una conspiración lineal ni de control total de la mente. El riesgo es más sofisticado: influir de manera persistente sobre la conducta humana mediante sistemas con enorme asimetría de información y escasa transparencia.

En este escenario emerge un nuevo campo: el neuroderecho. Impulsado por científicos como Rafael Yuste, propone reconocer derechos destinados a proteger la esfera más íntima de las personas: la privacidad mental, la identidad cognitiva y el libre albedrío frente a posibles manipulaciones tecnológicas. No es ciencia ficción; es anticiparse a un problema antes de que sea irreversible.

La pregunta central es si el derecho está preparado para este nuevo escenario. A diferencia de Wannsee, donde el aparato era visible y jerárquico, hoy los sistemas de poder son difusos, híbridos y muchas veces privados. No imponen, pero orientan; no obligan, pero condicionan; no ejecutan, pero moldean el entorno en el que decidimos. Allí aparece el verdadero desafío: evitar que la influencia sistemática se transforme, sin que lo advirtamos, en una forma de coacción estructural.

La lección histórica sigue siendo la misma: el problema nunca fue solo el exceso de poder, sino la ausencia de límites. Wannsee mostró cómo el Estado puede organizar el horror; Roxin explicó cómo atribuir responsabilidad; y el Juicio a las Juntas demostró que incluso las estructuras más poderosas pueden ser juzgadas. El siglo XXI exige ahora un paso adicional: establecer reglas antes de que el daño sea irreversible. Porque del papel a los algoritmos, el desafío sigue siendo el mismo: poner límites al poder antes de que se vuelva invisible.

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