La capilla Salem, con sus 114 años, no guarda el silencio solemne típico de otros templos. Aquí, los niños juegan y las conversaciones fluyen con naturalidad. Cada 28 de julio, sus bancos se llenan para una celebración especial: el Día del Desembarco, que conmemora la llegada de los primeros galeses a las costas de Chubut. La fecha se festeja con un gran té comunitario, una tradición que resume la esencia de este patrimonio cultural.
Un legado de fe y comunidad
Salem es una de las catorce capillas que integran el circuito histórico de Gaiman y sus alrededores. Algunas, como la Seion de 1888, permiten visitas, mientras que otras solo pueden apreciarse desde el exterior debido a horarios restringidos. En muchas, es posible encontrar a miembros de la comunidad dispuestos a compartir detalles de los ritos, que incluyen sermones, lectura y la santa cena bajo las dos especies.
«Los domingos a las 10 se celebra el culto en castellano, y una vez al mes, por la tarde, en galés», explica un guía local en la capilla Bethel, la primera de la región, fundada en 1880. Este bilingüismo religioso es un testimonio de la perseverancia cultural. Los colonos originales llegaron huyendo de la opresión religiosa y lingüística en Gales, con el sueño de «arrancar de cero» en un lugar remoto, según relatan los registros históricos.
Más que piedras: historias de pioneros
El Museo Histórico Regional, ubicado en la antigua estación de ferrocarril, custodia la memoria de aquellos pioneros. Familias enteras, como la de David D. Roberts y Jemima Jones, que llegaron en 1874, enfrentaron un territorio hostil con determinación. Se dedicaron a la agricultura, cultivando trigo, hortalizas y verduras, y lograron prosperar gracias a su carácter trabajador y gregario.
El nombre Gaiman, que en tehuelche significa «piedra de afilar», hace referencia al paisaje pedregoso que eligieron para establecerse. Aunque el idioma galés estuvo a punto de perderse en décadas pasadas, desde 1980 la provincia impulsó su enseñanza en las escuelas con profesores venidos directamente de Gales. Sin embargo, lo que nunca dejó de escucharse fueron los himnos religiosos, entonados incluso en bares y eventos sociales.
Identidad que se renueva
Hoy, el término «galenso» ha perdido su antigua connotación despectiva y se usa con orgullo para describir a quienes abrazan esta cultura. La tradición del té con tortas, pan con manteca y el característico dulce de citrón (un melón silvestre) sigue siendo un ritual cotidiano y una atracción para los visitantes.
Calles como Michael Jones y Linda Evans exhiben antiguas casas de piedra, conocidas como «semi detached houses», y rosales cuidados. En este entorno, la herencia galesa no es un museo estático, sino una identidad viva que se canta en himnos, se saborea en una taza de té y se transmite a nuevas generaciones, más allá del ADN británico. Es la historia de una comunidad que encontró en la Patagonia la libertad que buscaba y supo construir, con esfuerzo, un hogar perdurable.
