La decisión más importante de su vida la tomó tras abandonar su primera clase en la facultad. Pipi Piazzolla dejó atrás la carrera de Marketing y se dirigió al restaurante familiar, donde le esperaba un destino forjado entre apuntes tirados a la basura y una palmada en la espalda. Su abuelo, el genial Astor Piazzolla, le dio entonces un consejo que resonaría para siempre: una exhortación a elegir la música, la posible pobreza y, sobre todo, la felicidad.
De las tribunas del Monumental a la batería
Su conexión con el ritmo nació lejos de los conservatorios, en las tribunas del Estadio Monumental. Allí, durante los partidos de River Plate, Pipi descubrió la potencia gutural de los bombos de la murga, un sonido colectivo que lo fascinó y que comenzó a replicar en su casa. «Era el único lugar donde encontrabas esa energía rítmica en aquella época», rememora el músico, quien aún hoy asiste a la cancha con su hija, llegando con antelación para ubicarse en un sitio con acústica privilegiada cerca de la percusión.
Revisitar a Astor con Escalandrum
Desde hace más de veinte años, Pipi Piazzolla lidera el sexteto Escalandrum, formación clave para revisitar y mantener viva la obra de su abuelo. Este proyecto se ha convertido en un puente entre la tradición del tango de vanguardia y las nuevas generaciones. Para Pipi, este trabajo es una forma de honrar un legado desde la contemporaneidad, sin caer en la mera réplica.
La «Piazzollamanía» en escena
El fenómeno cultural alrededor de la figura de Astor Piazzolla vive un momento de efervescencia. Recientemente, el musical «Astor, Piazzolla eterno» agotó localidades en el Teatro Colón, sumando más de 70.000 espectadores. Paralelamente, artistas de géneros urbanos se animan a versionar sus temas, como hizo Cazzu en el Movistar Arena con «Yo soy María». «Está a full», celebra Pipi sobre este renovado interés, que interpreta como una demostración de la vigencia universal de la música.
Un legado que supera obstáculos
El camino no estuvo exento de dificultades. Pipi recuerda un episodio traumático en sus inicios, cuando un músico lo acusó de «ladrón» por no poder leer un arreglo orquestal complejo, un comentario que por poco lo hace abandonar la música. Fue el apoyo inquebrantable de su familia, incluyendo el sacrificio económico de su padre, lo que le permitió continuar y formarse profesionalmente, incluso viajando a Los Ángeles para estudiar.
Sentado en el comedor de su casa en Coghlan, junto al piano de cola heredado de su padre, Daniel, Pipi Piazzolla reflexiona sobre un destino que, pese a los desafíos, siempre estuvo marcado por la pasión. El consejo de su abuelo no fue solo una bendición artística, sino un mandato para priorizar la realización personal por encima de todo, un principio que hoy sigue guiando cada compás de su vida.
