Por Noel Eugenio Breard
La grieta no es solo un fenómeno discursivo ni el resultado de redes sociales incendiarias o campañas agresivas, es el síntoma visible de una fractura más profunda: la erosión del tejido democrático que sostiene la convivencia política.
Cuando una sociedad se divide en bloques irreconciliables, cuando el adversario pasa a ser visto como enemigo y la alternancia se vive como una amenaza, el problema deja de ser solo ideológico y pasa a ser institucional y moral.
Uno de los errores del debate contemporáneo fue abandonar el concepto de Nación por temor a que quedara en manos de la extrema derecha, pero renunciar a la Nación no la neutraliza; la entrega. Recuperarla implica redefinirla.
Eric Hobsbawm recordaba que las naciones modernas no son comunidades de sangre ni esencias eternas, son construcciones históricas vinculadas al Estado y a la ciudadanía. La Nación no es biología; es política.
Ernest Renan ofreció una definición que sigue vigente: la Nación es «un plebiscito cotidiano», la voluntad permanente de vivir juntos. Esa idea es profundamente democrática: no exige homogeneidad cultural, exige acuerdo político, no excluye la diversidad; la organiza bajo reglas comunes.
Recuperar esta mirada es clave para no regalarle el concepto de Nación a quienes lo reducen a identidad cerrada o exclusión. Una Nación democrática no se define por expulsar, sino por integrar.
Pero una Nación integradora no puede construirse si la democracia está vaciada por dentro, Pierre Rosanvallon señalaba que las democracias se sostienen también en tres pilares invisibles: autoridad, confianza y legitimidad.
La autoridad no es imposición, es reconocimiento, la confianza es el capital invisible de la democracia, sin confianza, cada decisión se sospecha, cada política se interpreta como maniobra y cada institución se percibe como parte de un sistema cerrado. La desconfianza permanente paraliza la cooperación social y convierte el debate público en una guerra cultural.
La legitimidad, por su parte, no se reduce a la legalidad, un gobierno puede ser legalmente electo y, sin embargo, perder legitimidad si amplios sectores no se sienten representados en las políticas públicas aplicadas o si no son tratados con justicia.
La polarización extrema no es la causa, es la consecuencia, es el síntoma de la erosión de esas instituciones invisibles. Por eso salir de la grieta exige reconstruir autoridad sin autoritarismo, confianza sin ingenuidad y legitimidad sin populismo.
La economía también incide en este proceso, durante décadas la Argentina osciló entre endeudamiento improductivo y promesas de estabilidad desconectadas del desarrollo real. Cuando la deuda crece más rápido que la producción, la frustración social se convierte en terreno fértil para soluciones simplistas.
La grieta también se alimenta del desencanto económico, una democracia con desigualdades persistentes y sensación de estancamiento difícilmente pueda sostener confianza y legitimidad duraderas.
Salir de la grieta implica articular tres dimensiones inseparables: Nación democrática, instituciones sólidas y desarrollo productivo.
La Nación debe ser proyecto común, no identidad excluyente, las instituciones deben recuperar reconocimiento y previsibilidad y la economía debe orientarse a la producción y al trabajo, no a la especulación.
El desafío no es eliminar el conflicto, nuestra tarea es institucionalizarlo, procesarlo dentro de reglas compartidas y convertir la diferencia en disenso, no en fractura. Salir de la grieta no es una consigna moderada, es una tarea estructural: reconstruir el tejido invisible que hace posible la convivencia democrática.
Porque la democracia no se derrumba de un día para otro, se vacía cuando pierde autoridad reconocida, confianza compartida y legitimidad social. Salir de la grieta es volver a decidir cada día (como proponía Renan) que queremos vivir juntos, con reglas, justicia y desarrollo.
Sin Nación democrática no hay cohesión, sin instituciones sólidas no hay estabilidad, sin desarrollo productivo no hay esperanza.
El autor es Senador
provincial de la UCR.
