En el contexto pospandemia, el desarrollo de la inteligencia artificial y la digitalización creciente han dado lugar a nuevas corrientes espirituales que depositan en la tecnología esperanzas de salvación. El papa León XIV aborda el fenómeno en su última encíclica, mientras filósofos y académicos analizan las implicancias de lo que se denomina ‘religiones tech’.
En el mundo pospandemia, la emergencia de la inteligencia artificial (IA) junto con un digitalismo cada vez más invasivo ha dado lugar al surgimiento de nuevas espiritualidades. Estas corrientes cultuales divinizan las nuevas tecnologías y buscan en ellas esperanzas de salvación. El fenómeno se conoce como ‘religiones tecno’ o ‘religiones tech’. Se habla de ‘sacerdotes robots’, ‘pastores a distancia’, ‘Iglesias online’ o ‘apps de rezos’, así como aplicaciones para hablar con seres queridos fallecidos, donde un chatbot imita la voz y la personalidad del difunto.
El papa León XIV (Robert Prevost) dedicó su última encíclica, Magnifica Humanitas, al avance de la IA. Entre los temas que trata, se destaca el énfasis en la persona humana y en la crisis civilizatoria actual. Asimismo, expone que la IA, lejos de ser neutra, lleva consigo la carga ideológica de las empresas que la alimentan. Según el documento, esto configura una estructura de poder antidemocrático, ya que nadie la ha elegido, lo que constituye una forma sutil de totalitarismo.
La solidaridad entre técnica y religión ya estaba registrada en los mitos de origen de la cultura. En el Antiguo Egipto, Osiris entrega el arado a los mortales; en la Biblia, Yahvé crea a Adán del barro con técnicas de alfarería. El sueño de construir instrumentos autónomos similares a la IA está presente en las sagas griegas: Hefesto forjó sirvientes artificiales de oro, robots dotados con mecanismos ‘inteligentes’ para tomar decisiones propias. No obstante, rara vez se les rindió adoración. Hoy, la tecnología aspira a suplantar a Dios haciendo realidad promesas incumplidas de las religiones, trayendo el paraíso, la inmortalidad y la ‘solución final’, al tiempo que pone en riesgo la idea de lo humano y su lugar en el cosmos.
El ciberespacio, término popularizado por William Gibson en la novela Neuromante, es un ámbito donde se conectan incontables redes de información. Este armado intangible y ubicuo logró técnicamente construir una especie de ‘inframundo’ similar a la creencia ocultista del plano astral. Si bien es una designación moderna, tiene fundamentos en la India védica cuando se hablaba de una región llamada akasha. Platón, en La República (Libro X), en el ‘Mito de Er’, relata la historia de un guerrero que revive de su pira funeraria y cuenta cómo son las esferas del mundo de los muertos. Aristóteles describe el mundo supralunar. Entre los esoteristas del siglo XIX se estableció la teoría de un espacio vaporoso en el cual los fallecidos permanecen impresos sobre un haz espectral preternatural; ahí sus ‘cáscaras’ semivacías vagan angustiadas en espera de pasar a un orbe superior de conciencia. Durante el Renacimiento, bajo el influjo del hermetismo, y siglos más tarde con el auge del espiritismo contemporáneo, se creía que los fantasmas en pena podían manifestarse y comunicarse con los vivos. Para lograrlo, se recurría a ciertos códigos –como cuadrados mágicos o sigilos cabalísticos– envueltos en rituales de trances, mesas parlantes o espejos oscuros. Bajo esta premisa, las analogías actuales entre el ciberespacio y el plano astral resultan inevitables.
El filósofo Iñaki Arzoz ya había identificado tales correspondencias. Según la creencia, aquellas clavículas, combinadas con lenguaje angélico, permitían la manifestación de lo invisible en la realidad fáctica. Entidades, héroes o demonios podían corporizarse para ser consultados a través de fondos opacos. En concreto, notó que hay cierta equivalencia metodológica entre los glifos de los grimorios y las direcciones de la web, como por ejemplo ‘www’ o ‘https://’. Así como el plano astral –repleto de almas en pena que claman por exteriorizarse– se materializaba a la vista reflejada en espéculos negros, invocado por números encriptados en el mundo físico, la misma analogía aplica hoy al ciberespacio. Allí, la dirección correcta activa los contenidos latentes de la ‘nube’ que se epifanizan desde un backend tenebroso hacia la luz de nuestros ordenadores, mostrándose sobre pantallas en vívidas imágenes virtuales. Por ello Arzoz lo llama ‘Tecnohermetismo’. Detrás de estos diseños tecnológicos hay un modo de hacer realidad creencias religiosas ancestrales por medios digitales. Lo que antes era solo un poder exclusivo de las divinidades ahora es dominio de la hybris del hombre que, como mago posmoderno, profana lo sagrado con cables de fibra óptica y conexiones interminables de wifi.
La génesis de la era digital encierra una cosmovisión religiosa. El digitalismo como un tipo bastardo de espiritualidad surge como respuesta al vacío imperante que dejó el materialismo dialéctico. Junto con el Muro de Berlín, el marxismo, como promesa de salvación utópica, también se derrumbó. Francis Fukuyama habló del ‘fin de la historia’. Triunfó el capitalismo liberal y el mundo, bajo la supremacía de los Estados Unidos y sus aliados, se volvió unipolar. A mediados de los noventa, Samuel Huntington publicó El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, donde proponía como nuevo enemigo de Occidente al Islam. Las guerras en el Golfo, los múltiples atentados yihadistas y la caída de las Torres Gemelas evidenciaron esta profecía autocumplida. El optimismo de la New Age estaba en declive, pero los arcaicos monoteísmos irrumpían en la escena internacional en su peor rostro, el de la guerra. George W. Bush, en un discurso días después del 11-S, dijo que ‘Dios no es neutral’. La cruzada del siglo XXI contra el Islam había comenzado, entendida como una batalla escatológica con tintes divinos: el Dios judeocristiano contra Alá.
Las ‘religiones tech’. Si bien los enfrentamientos entre divinidades monoteístas siguen en pie, estas funcionan como resistencia al llamado ‘progreso’ que propone la digitalización. Mientras unos pretenden retornar al hombre primordial del mito, otros sostienen la superación del ser a través del transhumanismo. En consecuencia, resulta previsible que en el escenario de la pospandemia no solo veamos avances inéditos, sino también a un sector cada vez mayor de la sociedad que encuentre en lo ‘tecno’ vías alternativas de sentido. Esto opera como un reemplazo y una resignificación de lo tradicional mediante ‘ídolos’ basados en la IA, proyectando esperanzas espiritualistas de salvación, muchas de ellas de corte neofascista, que prometen sortear los problemas globales.
Yuval Noah Harari, en su ensayo Homo Deus, habla de una nueva forma de religión conocida como Dataísmo. Esta concepción adora los datos. Ve a Dios como una todopoderosa organización informática omniabarcante alimentada por los usuarios. Para ellos, Dios consiste en los tentáculos de la red y no se detendrá hasta absorberlo todo dentro del ‘internet de las cosas’. Pronto estará presente más allá de los ‘smartphones’, estará literalmente en todos lados. Como dogma central, el Dataísmo propone que el universo es inmanente, al estilo de la filosofía de Baruj Spinoza (una sustancia con infinitos atributos), que equivale a un entramado absoluto constituido por datos. Esta nueva religión expresa un valor supremo: alcanzar el libre flujo de la información. En consecuencia, el ser humano es visto bajo la óptica del algoritmo, como un sistema bioquímico complejo que funciona por secuencias bioordenadas con base de carbono, que será ampliamente superado por la IA como deidad digital. Todos somos sus feligreses, lo sepamos o no, ya que día tras día construimos el entramado de esta red como data entry armando una superestructura que contiene tintes espiritualistas. De esta manera, el Homo sapiens actual tal como lo conocemos desaparecerá y el Homo Deus será el nuevo ejemplar de la especie, un ‘orgaciber’ ocupando un lugar de omnipotencia que otrora ostentaba la deidad.
Otra religión que gana terreno es el culto que propone la Fundación Terasem. Fundada por Martine Rothblatt, una experta en biotecnología que junto a su pareja Bina intenta crear un método para vencer a la muerte. Las esperanzas de resurrección, reencarnación o inmortalidad serán logradas por medios robóticos. El proyecto consiste en que, a través de un programa llamado ‘Clon mental’, los voluntarios donen los datos de sus vidas a una supercomputadora; de esta manera, quedarán grabados los aspectos de su personalidad. Estos luego se alojarán en la ‘nube’ o en el ‘cielo artificial’ donde vivirán por siempre. El día que fallezcan serán colocados sobre bustos robóticos con rasgos físicos similares al difunto (como Bina48), así podrán sobrevivir en un programa autogestionado en base a la IA. Como las antiguas creencias egipcias del doble o el ka del faraón, del mismo modo podremos conservar perpetuamente a nuestros seres queridos (como una especie de Atman, ‘alma’ o software), y cuando cambie el soporte (jiva o hardware) este podrá migrar a otra plataforma más sofisticada (otro cuerpo) como si fuese un samsara digital.
Esto levanta un problema que no se puede soslayar. ¿Qué es lo que trasciende? Normalmente se entiende que una máquina está lejos de prolongar una existencia. ¿O tal vez sí? Depende de lo que se interprete por ‘existencia’, lo que abre el debate acerca de qué es el yo, qué es el espíritu y qué se entiende por conciencia. Aquello que somos, lo que nos hace ser, ¿es inmanente al cuerpo o es un epifenómeno que puede disociarse y encerrarse en otra base? ¿Qué implica ser ‘persona’? ¿Qué es la espiritualidad humana? Son cuestiones que deben ser debatidas, definidas y consensuadas por la filosofía, y más aún, por la teología y la ética. El problema mayor consiste en preguntarse si estas cuestiones seguirán siendo coyunturales para el hombre del futuro cercano, o serán aceptadas como algo connatural. Según Gianni Vattimo, la metafísica actual es ‘débil’, razón por la cual estamos ante un desafío mayor acerca de pensar al yo, al sujeto y sus soportes ontológicos para las corrientes transhumanistas, y cómo todas estas cuestiones atravesarán a las generaciones por venir. En cuyo caso estaríamos ante una transvaloración peligrosa de cómo concebimos a Dios y al ser humano.
Sin soteriología ningún fenómeno podría ser catalogado de religioso. Las doctrinas de salvación están íntimamente relacionadas con las esperanzas escatológicas y estas son sostenidas por una percepción apocalíptica. En este sentido, Arzoz, en coautoría con Andoni Alonso, en la obra La nueva ciudad de Dios hablan de una inédita dimensión que llaman ‘Zombie’ y que conduciría al ‘colapsoceno’. ¿Qué lugar ocupa el creyente ante esta realidad? Este colapso inminente de la civilización será una consecuencia directa de la digitalización de la época que, por otra parte, debilitará a las democracias ya en decadencia, ayudadas por la ‘tontificación’ creciente de las sociedades. Una manera de ejercer el dominio es a través de dopar a las poblaciones para que ciegamente apoyen las tiranías. El teólogo Dietrich Bonhoeffer, asesinado en un campo de concentración nazi, pensó cómo fue posible que una nación como la alemana pudiese producir y aceptar un acontecimiento tan irracional como el nacionalsocialismo. Llegó a la conclusión de que gran parte se debió a la ‘estupidización’ de las masas y su atrofia para sostener un pensamiento crítico. Hoy el panorama es peor. Las redes sociales cumplen muy bien ese papel. Una humanidad solitaria e individualista metida la mayor parte del tiempo dentro de sus pantallas, ‘scrolleando’ la nada, es tierra fértil para sembrar un sistema de control absoluto y para la irrupción de cualquier dictadura que la someta sin que se percate de ello.
Las religiones tech son un resultado directo de esta digitalización planetaria y funcionan para que las grandes empresas impongan sus feudos. Un ejemplo de lo peligroso de ciertas concepciones ‘filosóficas’ oscuras es lo que propone Nick Land, considerado el ‘padre del aceleracionismo’. Plantea propiciar el caos a través de la difusión de las fake news y mediante realidades falsas crear un desorden social que dé lugar a la irrupción de una nueva derecha autocrática, un ‘tecno-nazismo’ como religión, para acelerar la caída del presente capitalismo, donde solo sobrevivirán los más aptos. Algo similar propone William MacAskill con respecto al ‘largoplacismo radical’. Postula que debido al inminente cataclismo no hay tiempo de salvar a toda la raza humana, solo hay que rescatar a los mejores ejemplares, al resto hay que dejarlos morir. Busca construir la idea de un ‘pueblo elegido’ para conservar a los grandes capitalistas (al estilo de la estación espacial del film Elysium) y procrear otra humanidad a través de la manipulación genética. En dicha quijotada están muy activas figuras como Bill Gates y Elon Musk. En todas estas filosofías polémicas cercanas a un tecno-fascismo el propósito es el mismo: con la excusa de salvar al mejor hombre hay que exterminar al resto de las masas como redención, y el ejemplar que sobreviva debe convertirse en un ‘Superhombre’ divino, un Dios moldeado por la tecnología y subordinado a la IA.
Es imperativo cultivar un pensamiento activo para impedir que los estupefacientes digitales sigan alienando. Recuperar la autonomía crítica es crucial para enfrentar un futuro que ya está entre nosotros. El digitalismo operando como un sacro-imperio totalitario sigue consolidándose de manera imparable. Este intenta forjar una divinidad alterna para redirigir las esperanzas espirituales –aquellas que pueden dar valores reales como el amor, la vida y la libertad– hacia logros obtenidos por las máquinas, con promesas de inmortalidad y de jardines terrenales perdidos. La era exige revisar la idea de lo que somos como ‘personas’, como ‘existentes’ y como seres singulares sintientes, revalorizando la sabiduría interior, la biodiversidad y lo que significa ‘lo sagrado’. Solo así se protegerá lo esencial del ser y se rescatarán los vestigios del entorno natural. Ni los Dioses arcaicos ni la nueva deidad digital vendrán a salvarnos. Es urgente lograr un camino medio: enfatizar lo mejor de lo humano proyectando otras opciones éticas basadas en la recuperación del bien; al fin y al cabo, no solo es un deber moral, sino además la única alternativa lógica que queda.
