El origen del apodo ‘Conchita’ de Ricardo Barreda, según el libro de Pablo Martí Krenz

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El biógrafo Pablo Martí Krenz reconstruye en su próximo libro ‘No me olviden’ el verdadero origen del apodo ‘Conchita’ que Ricardo Barreda usó en el juicio de 1995 para justificar el cuádruple femicidio. Según testimonios, el sobrenombre no habría surgido como una humillación familiar, sino como una broma entre amigos del novio de su hija Cecilia.

Durante años, una pregunta acompañó a Pablo Martí Krenz mientras investigaba la vida de Ricardo Barreda: ¿realmente le decían “Conchita” en su casa? El odontólogo había convertido aquel apodo en una pieza central de su relato sobre las humillaciones que decía padecer por parte de su familia. Sin embargo, cuando el biógrafo comenzó a buscar a alguien que lo hubiera escuchado antes del cuádruple femicidio, casi nadie pudo confirmarlo.

La respuesta apareció tiempo después, de manera inesperada. Una amiga de la familia recordó haber escuchado a Elena Arreche, la suegra de Barreda, pronunciar aquel sobrenombre. Pero Martí Krenz encontró una pista clave mientras reconstruía la historia de Oscar, “el Japonés”, novio de Cecilia Barreda, hija y víctima del múltiple asesino.

El testimonio de un antiguo compañero de colegio de Oscar permitió llegar a un origen muy diferente al que había quedado instalado. Según esa reconstrucción, “Conchita” no habría surgido como una forma de humillar al odontólogo, sino como una vieja broma entre amigos de Oscar, quien después habría comenzado a utilizar el sobrenombre cuando veía a Barreda arreglado y perfumado antes de salir de su casa. La referencia apuntaba a sus encuentros con otras mujeres.

El 15 de noviembre de 1992, Barreda asesinó a su esposa, Gladys “Beba” MacDonald; sus hijas Cecilia y Adriana; y su suegra, Elena Arreche, en la casona familiar de la calle 48, en el centro de La Plata. Durante el juicio de 1995, Barreda declaró: “Me decían Conchita”. Al día siguiente, la frase fue tapa de casi todos los diarios.

Martí Krenz conoció personalmente a Barreda y compartió con él parte de sus últimos años. Durante ese tiempo y después de su muerte, reconstruyó diferentes aspectos de su vida para No me olviden, un libro que está próximo a editarse. Uno de esos capítulos está dedicado a desentrañar la historia de “Conchita”.

En su investigación, Martí Krenz entrevistó a allegados. Nadie había escuchado jamás ese apodo hasta que apareció un testimonio: Titina, viuda del Flaco Alfredo Almada, paciente y amigo de Barreda. Titina recordó una escena en la que, mientras tomaba un café en la cocina de la casa de Barreda, Elena Arreche susurró: “Ahí viene… Conchita”. Fue la única vez que el biógrafo escuchó a alguien cercano pronunciar aquel nombre.

La verdad del apodo llegó de manera impensada mientras buscaba información sobre Oscar, “el Japonés”. Un excompañero de secundaria de Oscar, que había estudiado en un colegio del barrio de La Paternal, contó que en el secundario, cuando los alumnos de los últimos años organizaban escapadas a un prostíbulo del barrio, la frase clave era: “Vamos, Conchita”. De tanto bromear, Oscar había heredado ese sobrenombre –Chita– junto con el de “Chino”. Cuando empezó a frecuentar la casa de la calle 48, cada vez que veía a Ricardo listo para salir, elegante y perfumado, decía: “Se va Conchita”. Se refería a que Barreda se dirigía a encontrarse con alguna de sus amantes.

Barreda supo del sobrenombre, pero no llegó a comprenderlo del todo. Aun así, durante el juicio incorporó el apodo a su relato para construir una imagen de sí mismo como víctima de humillaciones y malos tratos. Una parte de la sociedad eligió creerle. El “me decían Conchita” se convirtió en una pieza más de la imagen que Barreda construyó de sí mismo frente a la sociedad y la Justicia.

Oscar declaró en el juicio y, cuando le preguntaron por la supuesta depresión de Barreda, respondió que lo veía deprimido de lunes a viernes, pero que, cuando llegaba el fin de semana, se le pasaba.

El apodo “Conchita” no fue más que una broma privada, breve y sin intención de humillar. Con el tiempo, terminó ocupando un lugar mucho más importante dentro del relato con el que Barreda explicó su vida y su crimen.

“No me olviden”: la historia detrás del título

El nombre del libro no surgió de una decisión editorial. Lo eligió el propio Barreda durante una de las conversaciones que mantuvo con Pablo Martí Krenz en sus últimos días de vida. El momento quedó registrado en un video que conserva el autor.

El odontólogo aparece recostado en una cama y toma la mano de Martí Krenz. “Aparte de todo, vamos a escribir el libro, el libro de Ricardo Barreda. ¿Qué título le ponemos?”, le pregunta. La respuesta es inmediata: “No me olviden”.

La charla continúa. Krenz, enseguida, quiso saber si consideraba que había hecho más cosas buenas o malas durante su vida, pero Barreda no le responde. “Con esa mano me está diciendo todo”, reacciona el escritor. Después le pregunta qué era para él la vida. “Algo complejo”, contesta el femicida después de un breve silencio.

De aquel momento no solo quedó la frase para el libro sino también la idea de tapa. “La mano mía, en ese momento, creo que estaba atada a la baranda de la cama para que no se cayera”, explica Krenz. Y agrega: “La mano que mató a cuatro personas, esa mano invencible, con una escopeta en la mano, termina pidiendo auxilio, tratando de agarrarse de alguien para que no se olviden de él”.

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