El último golpe de Estado cívico-militar del país, perpetrado el 24 de marzo de 1976, no sólo marcó el inicio del período más sangriento de la historia argentina, con el secuestro, la tortura y la desaparición de personas institucionalizados como política de Estado, sino que también inauguró una nueva estructura económica y social, impuesta a través de la represión ilegal y clandestina. El nombramiento de José Alfredo Martínez de Hoz como ministro de Economía fue el vehículo para instaurar un nuevo patrón de acumulación basado en la valorización financiera, desplazando a la industria del centro de la economía.
El desarrollo de una política económica de corte neoliberal constituyó el intento más profundo de transformación regresiva y concentradora de la estructura productiva del país. Barrió con la matriz de industrialización por sustitución de importaciones, motor del desarrollo inaugurado en la década del ’30 y sostenido por el peronismo y el desarrollismo -e incluso por dictaduras como la de Juan Carlos Onganía-, que había generado empleo y valor agregado. Bajo la premisa de que el Estado intervencionista era responsable del “desorden”, la dictadura buscó disciplinar a la sociedad a través del mercado y la represión.
Martínez de Hoz y el dictador Jorge Rafael Videla, su hombre de confianza.
La apertura comercial indiscriminada, la eliminación de protecciones a la producción local, la desregulación financiera y el endeudamiento externo se convirtieron en los pilares de un esquema que desplazó a la industria nacional y promovió la especulación financiera, alimentada por las variaciones del tipo de cambio y la aceleración inflacionaria. Esta reconfiguración —de una economía industrial a otra centrada en la valorización financiera— favoreció a los grandes grupos económicos y avanzó hacia una mayor concentración de la riqueza, con un objetivo claro: quebrar la alianza distributiva entre la burguesía nacional y los trabajadores industriales.
Las consecuencias fueron devastadoras. La deuda externa se multiplicó por cinco, pasando de unos 7.500 millones de dólares a cerca de 45.000 millones hacia el final del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, mientras que la pobreza trepó del 2,6% en 1974 al 25,3% en 1983 y la desocupación se triplicó. En paralelo, la inflación se mantuvo en niveles extremadamente elevados -con promedios cercanos al 200% anual- y acumuló cifras extraordinarias a lo largo del período. La estructura productiva del país quedó severamente dañada y la deuda externa contraída en esos años condicionó la economía argentina durante décadas.
Crisis del petróleo y Rodrigazo: la antesala del quiebre económico
La muerte de Juan Domingo Perón, el 1º de julio de 1974 dejó un vacío de poder en el Gobierno, que rápidamente se trasladó a lo económico. La breve tercera presidencia justicialista, de austeridad y concordancia, había mejorado los números de crecimiento. Los salarios reales habían alcanzado mejoras de hasta el 50% respecto a 10 años atrás, y se dieron hitos como la ampliación de la Flota Mercante argentina o la apertura de la Central Nuclear Atucha I. La balanza comercial había alcanzado superávit por mil millones de dólares. En materia de aumentos de precios, si bien durante 1973 mantuvo un nivel alto, cercano al heredado, ya para 1974 había bajado a un 24%, el valor más bajo en cuatro años.
Pero con la muerte del Presidente, asumió la presidencia su vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón y las luchas internas del peronismo desangraron a la sociedad y al Estado. Presionada por los sectores empresarios y sindicales, la primera presidenta mujer de Argentina nombró ministro de Economía a Celestino Rodrigo, quien al poco tiempo aplicaría la devaluación del peso y detonaría el conocido «Rodrigazo», un plan de ajuste feroz: en los diez meses que transcurrieron entre el anuncio del plan económico y marzo de 1976, la inflación fue del 481% (casi un 50% mensual).
Celestino Rodrigo, ministro de Economía de Isabel Perón, llevó a cabo un feroz ajuste que desembocó en una explosión social.
El paquete de medidas fue un punto de quiebre en la historia del país, que generó el inicio de 16 años de un régimen de alta inflación, que hasta hoy perdura en el día a día. Entre las medidas tomadas, determinó una devaluación del peso con relación al dólar que osciló entre el 80% y el 160%, un aumento sideral de los precios que en algunos casos llegó al 180% como en las naftas o el 75% en las tarifas de colectivos y un tope a los aumentos salariales en las negociaciones paritarias de las empresas con los sindicatos. Se terminó así con el “Pacto Social” que desde 1973 regía la relación entre los patrones, el Estado y los trabajadores. Se trataba de un ajuste que beneficiaba al capital local y financiero más concentrado, una política de shock para revertir la crisis económica que desembocó en un estallido social con la primera huelga general de la CGT contra un gobierno peronista.
A nivel mundial circulaban nuevas ideas en economía. La crisis petrolera que estalló en 1973, donde los países árabes decidieron bloquear sus exportaciones de crudo a aquellos países que habían apoyado a Israel en la llamada guerra del Yom Kipur, fue el primer gran sacudón capitalista de la posguerra, y el inicio del fin de las tres décadas «gloriosas» que supieron construir en Europa las bases del Estado de Bienestar. Tras el shock petrolero, las economías centrales comenzaron a experimentar un fenómeno inédito hasta entonces: la estanflación, es decir, la combinación de inflación alta con recesión económica.
En el modelo keynesiano clásico, la inflación era entendida como el resultado de tensiones en una economía en expansión: subía cuando la demanda era elevada y el desempleo bajo. Todo lo contrario a lo que comenzó a observarse en Estados Unidos, Europa y otras economías desarrolladas. A partir de allí, la revolución keynesiana de la posguerra dio paso a una contrarrevolución neoclásica.
30 de marzo de 1976: Martínez de Hoz le toma juramento a Guillermo Klein, secretario de Programación y Coordinación Económica.
