Un rey que no la habitó, un confiado Aristóteles Onassis y la apuesta que le hizo perder una casa castillo en Argentina

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A comienzos del siglo XIX, Europa dejó de ser un lugar seguro para los reyes. Las revoluciones avanzaban y el orden conocido ya no era el mismo. Algunos monarcas comenzaron a mirar lejos. América aparecía como una posibilidad.

La historia la cuenta Christian Gehart, dueño del viejo castillo de Chilavert. Es quien abre la casa, recibe a los visitantes y decide qué se muestra y qué no. Viste de negro, lleva una capa oscura y se apoya con fuerza en un bastón. Se presenta como el conde de una residencia que nunca terminó de ser habitada. “Europa estaba en crisis”, dice Gehart. “Los reyes sabían que nada era para siempre”.

Entre los hallazgos bajo tierra se encontraron herramientas que alguna vez sirvieron para mantener y recorrer los secretos del castillo, junto a los retratos de Leopoldo I de Bélgica y de la joven princesa Luisa María de Orleans, recordatorios silenciosos de los destinos, promesas y planes europeos que terminaron vinculados a esta residencia únicaRicardo Pristupluk

Gehart explica que Leopoldo I, rey de Bélgica, gobernaba con sensibilidad social, aunque percibía que algo empezaba a resquebrajarse. Viudo durante años, volvió a enamorarse de una joven princesa francesa, Luisa María de Orleans, cuya salud delicada lo llevó a pensar en otro destino. “Ella necesitaba aire, tranquilidad. Un lugar distinto”, cuenta.

Según versiones históricas, fue en ese contexto que reapareció una figura clave. José de San Martín. Ambos se habían conocido en Europa durante el exilio del Libertador. “San Martín le hablaba de estas tierras como de un refugio”, dice Gehart. “No como una conquista, sino como una posibilidad”.

Túneles que se internan siete metros bajo el castillo, un laberinto cuya disposición y longitud evocan antiguos símbolos masónicos.Ricardo Pristupluk

El castillo de Chilavert fue pensado para alguien que nunca llegó a habitarlo. La construcción comenzó a fines del siglo XIX, cuando un noble europeo proyectó levantar en el conurbano bonaerense una residencia que funcionara como refugio frente a la inestabilidad del Viejo Continente. Las crisis políticas, las revoluciones y el desgaste de las monarquías llevaban a muchos a mirar hacia América como una salida posible, lejos de las disputas que atravesaban Europa.

Espacio subterráneo del castillo, donde se intuye un laboratorio monástico: frascos, recipientes y utensilios que sugieren que aquí se practicaba la ciencia bajo tierra mientras arriba reinaba la religiónRicardo Pristupluk

El proyecto, sin embargo, nunca se concretó como había sido imaginado. Leopoldo I no llegó a viajar y la residencia quedó reducida a una promesa inconclusa. La construcción avanzó a medias y el castillo permaneció vacío durante años, atravesando cambios de época y de dueños sin cumplir el destino para el que había sido pensado. La casa quedó en pie, pero sin rey.

En distintos sectores del castillo se recuperaron objetos de épocas diversas, sin una cronología uniforme, lo que complejiza la lectura histórica del lugar.Ricardo Pristupluk

Con el paso del tiempo, la casa empezó a tener otros usos. El castillo fue sede de un orfanato y quedó bajo la órbita de la Iglesia, que lo administró durante décadas. No hubo reyes ni herederos, pero sí habitaciones ocupadas, pasillos transitados y una vida cotidiana muy distinta a la que había sido pensada en origen. El proyecto aristocrático se diluyó, aunque la estructura permaneció.

Candelabros antiguos encontrados en los pasadizos subterráneos del castillo, testigos mudos de ceremonias, rituales o la vida cotidiana de quienes habitaron estos espacios ocultosRicardo Pristupluk

Bajo la madera por la que caminamos, se descubre otra construcción, más antigua y oculta. A través de un piso vidriado, colocado durante la restauración, se pueden ver bóvedas, pasadizos y túneles que se internan en la tierra como si la casa quisiera prolongarse bajo nuestros pies. “Así como la casa se construyó hacia arriba, también se construyó hacia abajo”, dice Gehart mientras señala uno de esos pasajes secretos.

Objetos de bronce y dorados, vestigios de un pasado que mezcla lo religioso, lo ritual y lo simbólico, guardados bajo tierra como recuerdos de ceremonias olvidadasRicardo Pristupluk

Entre los objetos hallados aparecen frascos de vidrio etiquetados con nombres que parecen sacados de un libro de alquimia, armas antiguas cubiertas de polvo, joyas cuya procedencia aún se investiga, crucifijos y símbolos que algunos expertos vinculan con la masonería. Cada descubrimiento abre preguntas sobre la función de estos espacios subterráneos: ¿laboratorios monásticos, depósitos secretos o centros de rituales que nunca debieron salir a la luz? Nadie tiene la respuesta completa, y el castillo parece susurrar historias que aún esperan ser contadas.

Casco atribuido a la época templaria hallado en los túneles subterráneos del castillo, testigo silencioso de siglos de secretos bajo sus muros.Ricardo Pristupluk

El castillo quedó en pie, atravesando épocas y usos, como una promesa que nunca terminó de explicarse.

La restauración comenzó hace varios años, cuando Gehart decidió devolverle al castillo algo de su esplendor original. Cada mueble, cada ventana y cada piso fueron estudiados con paciencia. Durante los trabajos aparecieron sorpresas que desafiaban la lógica: pequeñas bóvedas ocultas tras paredes falsas, pasadizos que cruzaban de un ala a otra, y túneles que se hundían en la tierra como si la casa quisiera prolongarse bajo nuestros pies.

En los túneles y bóvedas del castillo se hallaron frascos de vidrio con etiquetas antiguas, herramientas de laboratorio, armas y objetos vinculados a templarios, candelabros de época, joyas y símbolos masones. Cada objeto aporta pistas sobre los usos y secretos que estos espacios subterráneos guardaron durante siglosRicardo Pristupluk

Los arqueólogos e historiadores que colaboran en la restauración trabajan con cautela, documentando cada hallazgo, fotografiando cada rincón y comparando los objetos con registros europeos y latinoamericanos. Para Gehart, cada detalle es un pedazo de la historia que había quedado atrapado bajo capas de tierra y olvido, una historia que en el presente comienza a respirar de nuevo bajo la luz artificial de las lámparas de restauración.

Llaves halladas en los túneles del castillo, vestigios de puertas y secretos que permanecieron cerrados durante siglosRicardo Pristupluk

El castillo llegó a manos de la familia de Gehart a mediados del siglo XX, tras décadas de abandono y cambios de propietario. La estructura estaba intacta, pero cargada de polvo, humedad y silencios que parecían hablar de siglos de historias no contadas. Para Gehart, fue un hallazgo más que una adquisición: un testigo de épocas, de secretos y de promesas incumplidas, que pedía ser entendido antes que transformado.

“Cascos de antiguos luchadores, llaves, instrumentos y otros objetos hallados en los túneles del castilloRicardo Pristupluk

Con paciencia y respeto por la historia, la familia comenzó a recuperar la casa. Cada mueble, ventana y detalle arquitectónico fue analizado antes de restaurarlo. Las lámparas devolvieron luz a rincones olvidados, y los pasillos, ahora limpios y ordenados, dejaron sentir la escala y la intención original de la residencia. La restauración no solo devolvió esplendor al castillo, sino que permitió que su misterio y su presencia única siguieran latiendo entre las paredes.

Christian Gehart junto a la foto de sus abuelos, quienes le narraron la historia del castillo y le confiaron que sería él quien continuaría el legado familiarRicardo Pristupluk

A mediados del siglo XX la propiedad fue adquirida por el magnate griego Aristóteles Sócrates Onassis. Cuenta Gehart que la historia del castillo en su familia comenzó con su abuelo, un hombre audaz que nunca temió al riesgo. Era una noche cargada de humo y luces tenues, en un salón con mesas de madera, vasos con mucho hielo y alcohol. Sobre la mesa, las cartas esperaban silenciosas mientras los ojos de los jugadores se estudiaban con intensidad.

Aristóteles Onassis tuvo una casona castillo en Argentina que perdió jugando al pókerBettmann – Bettmann
En la pared, un montaje que reúne historia y legado: el retrato de Juan Manuel de Rosas junto a San Martín, el rey Leopoldo I de Bélgica, Helmut Gehart y, a la izquierda, su esposa y abuela de Christian, junto a símbolos vinculados a la masonería, testigos silenciosos de siglos de secretos y poderRicardo Pristupluk
Copia de la escritura que certificó la histórica transferencia del castillo a la familia Gehart, tras años de disputas con Aristóteles Onassis.Ricardo Pristupluk

Según la tradición familiar, todo comenzó como cualquier otra partida: Onassis, confiado y alegre por el alcohol que tomaba, fue dejado ganar varias manos, parte de la estrategia de su rival. La tensión subía con cada apuesta, y el ambiente estaba cargado de miradas calculadas y de un alcohol que nublaba sentidos. Hasta que llegó la mano final: el castillo estaba en juego. Esa vez, el destino no estuvo de su lado, y su abuelo, con audacia y precisión, se llevó la victoria. Fue así como, en una sola noche, Aristóteles Onassis perdió un castillo que aún hoy es testigo de aquella apuesta legendaria.

Una bandera alemana cuelga de la pared, recordando los orígenes de la familia Gehart y la herencia cultural que acompaña al castillo a lo largo de generacionesRicardo Pristupluk

Hoy sigue repitiendo la historia de cómo su abuelo ganó la partida de póker. Con un último farol impecable y un golpe de cartas sobre la mesa que resonó como un tambor, se aseguró la victoria… aunque Aristóteles Onassis no quiso ceder el castillo ni la escritura de inmediato. Durante más de dos años se extendieron los trámites, disputas y negociaciones, hasta que finalmente aquel viejo testigo de décadas de historia pasó a manos de la familia Gehart. Fue un triunfo que combinaba audacia, estrategia y paciencia, y que convirtió para siempre aquel edificio vacío y silencioso en un testigo de la audacia familiar. Décadas después, el castillo llegó a Christian Gehart, quien decidió devolverle su esplendor y explorar los secretos que aún guardaba entre muros y túneles.

Legado secreto – Desde niño, Christian escuchó relatos ocultos de su abuela sobre reyes, espadas y templarios; años después, la restauración reveló los secretos que estaban bajo el castillo, como este retrato de alguien desconocidoRicardo Pristupluk

Bajo los pisos restaurados, los túneles revelan un mundo casi intacto, como si el tiempo se hubiera detenido. Pasadizos de siete metros de profundidad se entrelazan con bóvedas y cámaras, conectando espacios olvidados que combinan utilidad y misterio. Allí se encontraron desde herramientas rudimentarias hasta cascos de antiguos luchadores templarios, frascos de vidrio con inscripciones que evocan alquimia y antiguos laboratorios que podrían haber pertenecido a monjes o alquimistas de épocas remotas.

Secretos bajo tierra. Los túneles recorren toda la casa y se comunican entre sí. Desde abajo, era posible ver sin ser visto: espiar, esconderse o escuchar. Salas ocultas y escaleras que bajan a otros niveles de la casa bajo tierraRicardo Pristupluk

Las llaves oxidadas encontradas en los túneles sugieren que muchas puertas permanecen cerradas, guardando secretos que aún esperan ser descubiertos. Candelabros antiguos, instrumentos de laboratorio y pequeños objetos decorativos muestran una vida pasada que mezcla lo religioso, lo aristocrático y lo simbólico. Christian camina entre estos vestigios con reverencia, consciente de que cada pieza es un fragmento de historia que conecta a Europa con América y a su familia con el pasado del castillo.

Guardia del secreto. “La familia siempre fue muy celosa. Hay secretos que no quieren que se cuenten. Yo soy el último conde vivo, quien decide qué se muestra y qué no. No todo está hecho para ser revelado» cuenta Christian Gehart, dueño del viejo castillo de ChilavertRicardo Pristupluk
Residencia real inconclusa – El castillo fue diseñado para el rey de Bélgica, que nunca llegó: escondites, túneles y espacios secretos permitían observar y escuchar, como si la realeza pudiera estar presente incluso detrás de las paredesRicardo Pristupluk

Desde 1953, el castillo pertenece a la familia Gehart, de origen alemán. Durante décadas, la casa permaneció habitada, pero en estado de deterioro. Tras el fallecimiento de los padres de Christian Gehart, la familia decidió encarar su recuperación, devolviendo luz y orden a cada habitación, restaurando ventanas, muebles y detalles arquitectónicos, y devolviendo al castillo parte de su esplendor original.

Misterios bajo tierra – Algunas cruces halladas en los túneles no corresponden a ningún credo conocido; según la tradición, podrían marcar límites o incluso proteger portales ocultos, entre leyenda y creencia popularRicardo Pristupluk

Ubicado en Sargento Cabral 2752, localidad de Chilavert, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, el castillo no es solo un edificio: es un testigo vivo de audacias, apuestas legendarias y secretos que atravesaron generaciones. Sus túneles, bóvedas y pasadizos guardan ecos de reyes que nunca llegaron, magnates que perdieron tierras en una sola noche y familias que con paciencia y estrategia convirtieron el azar en legado.

Descubrimientos inesperados – Durante las reformas, cada obra revela secretos ocultos: túneles, pasadizos y vestigios que no estaban en los planos, recordando que la historia del castillo sigue viva en cada rincónRicardo Pristupluk
Custodia familiar – La familia Gehart prefiere mantener el castillo bajo su cuidado, convencida de que así se preserva mejor su historia y secretos; solo en caso de imposibilidad podría intervenir el EstadoRicardo Pristupluk

El castillo de Chilavert no pertenece a quienes lo habitan, ni a quienes lo construyeron, ni siquiera a los magnates que lo perdieron: pertenece a la memoria, y a quien tenga el valor de caminarlo.

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